EN LA IGLESIA DE
LA SOLEDAD
OBISPO: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. AMÉN
MONICIÓN
Estamos reunidos
hoy aquí para conmemorar, en alabanza al Señor y en acción de gracias, el
Octavo Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. Tal día como hoy, al
atardecer del 3 de octubre del año 1226, pasó a la casa del Padre. Tenía 44
años de edad, y 20 de haberse convertido al Señor. Hoy queremos representar en
Villarrobledo de forma visual el tránsito de san Francisco de Asís ocurrido
hace justo 800 años. Es un día muy grande para todos nosotros que podemos
asistir a este precioso acto conmemorativo.
El Papa León XIV ha
concedido un Año Jubilar Franciscano para esta ocasión, pidiendo que el mensaje
de paz traído por el santo tenga un eco profundo en nuestros días.
Nuestro pueblo ha sido
bendecido con la presencia centenaria de las tres órdenes franciscanas. En 1569
se erigió el convento de franciscanos observantes pertenecientes a la Provincia
de Cartagena. Se establecieron en la antigua ermita de santa Quiteria. El
Convento de San Francisco desapareció tras un incendio declarado con motivo de
las revueltas sociales de 1834. En él vivieron franciscanos de vida
canonizable, así está publicado en la Crónica del padre Pablo Manuel Ortega. En
el lugar que ocupaba este convento hoy está ubicado el Colegio Virrey Morcillo
y el parque Joaquín Acacio.
En torno al convento de
frailes menores nació la Orden Franciscana Seglar, que también ha dado a
Villarrobledo frutos de santidad. Destaca la venerable María de Jesús, nacida
en 1612 y enterrada en el presbiterio de San Blas, cuyo proceso de canonización
se envió a Toledo. Don Blas Franco Fernández escribió su vida que fue imprimida
en Madrid por la Imprenta Imperial el año 1675. Ocupó 1000 pg en dos gruesos
volúmenes.
La segunda orden
franciscana se estableció en 1614, con la llegada de las clarisas y la fundación
del Monasterio de San Juan de la Penitencia.
Hoy nos damos cita todos
para honrar a tan gran padre y para agradecer a Dios su presencia centenaria en
Villarrobledo por medio de sus hijos e hijas. Que esta celebración nos inspire
a imitar el ejemplo de San Francisco, viviendo con sencillez, amando y
protegiendo la creación, y siendo instrumentos de la paz de Cristo en el mundo.
Vamos a escuchar el
relato del tránsito de san Francisco contado por las fuentes franciscanas.
Tomamos los textos del Espejo de Perfección, 121-124 y de la Leyenda Mayor de
San Buenaventura el Capítulo XIV.
NARRADOR:
El Santo tuvo con mucha antelación conocimiento de la hora de su muerte, y
estando cercano el día de su tránsito, comunicó a sus hermanos que muy pronto
iba a abandonar la tienda de su cuerpo, según le había revelado el mismo
Cristo. En aquellos días lo visitó en el mismo palacio del obispo de Asís,
donde él se encontraba alojado, un médico de Arezzo llamado Buen Juan, muy
íntimo del bienaventurado Francisco. Éste le preguntó:
SAN FRANCISCO: «¿Qué
te parece, de mi mal de hidropesía? No te dé pena, con la gracia del
Espíritu Santo, estoy tan unido con mi Señor, que estoy contento con morir como
con vivir»
NARRADOR: Entonces
le dijo abiertamente el médico:
MÉDICO:
«Padre, según los conocimientos de nuestra ciencia médica, tu enfermedad no
tiene cura, y creo que a fines del mes de septiembre o primeros de octubre
morirás».
NARRADOR: Al
oír esto el bienaventurado Francisco, que yacía en el lecho, extendió con toda
devoción y reverencia sus manos al Señor y dijo con íntima alegría de alma y
cuerpo:
SAN FRANCISCO: «Bienvenida
sea mi hermana muerte».
NARRADOR:
Nuestro Padre santísimo, para fortalecer más su espíritu, no fuera que con la
acerbidad del dolor, que de continuo le punzaba, alguna vez desfalleciera,
hacía que sus compañeros le cantaran muchas veces al día las alabanzas del
Señor; y lo mismo hacía de noche para consuelo y edificación de los seglares
que hacían vela en las afueras del palacio.
CANTEMOS TODOS con
La Coral AMEV “Las alabanzas al Dios Altísimo” que compuso san
Francisco y que pidió se le cantaran repetidas veces cuando estaba para morir,
para consuelo de su alma.
Música: Hermanas Clarisas
de Monzón.
1. Santo, santo, santo el Señor Dios omnipotente,
el que es, el que era y el que ha de venir.
Venid, alabémosle por los siglos. Alabémosle y ensalcémosle por
los siglos.
2.
Digno eres, Señor, de recibir el honor y la gloria la alabanza y la bendición. Venid,
alabémosle por los siglos. Alabémosle y ensalcémosle por los siglos.
3. Digno es el Cordero que ha sido inmolado de
recibir el poder y la fuerza la gloria y la bendición. Venid, alabémosle
por los siglos. Alabémosle y ensalcémosle por los siglos.
4. Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu
Santo. Venid, alabémosle por los siglos. Alabémosle y ensalcémosle por
los siglos.
5. Criaturas todas venid, bendecid al Señor,
alabadle todos sus siervos, pequeños y grandes. Venid, alabémosle por los
siglos. Alabémosle y ensalcémosle por los siglos.
6. Los cielos y la tierra alabadle a Él porque es
glorioso. Venid, alabémosle por los siglos. Alabémosle y ensalcémosle por
los siglos.
NARRADOR:
El hermano Elías le dijo:
FRAILE 1: Padre,
el pueblo está afuera y se va a extrañar de
cómo manifiesta tanta alegría el que está próximo a morir.
NARRADOR: San
Francisco con gran fervor de espíritu, le dijo:
SAN FRANCISCO: «Déjame,
hermano, gozarme en el Señor y en sus alabanzas mientras padezco, pues, por la
gracia recibida del Espíritu Santo, estoy tan adherido y unido a mi Señor que,
por su gran misericordia, bien puedo regocijarme en el Altísimo».
NARRADOR: Después
otro hermano le dijo:
FRAILE 2: «Padre,
tu vida y tu comportamiento fue y es luz y espejo, no sólo para tus hermanos,
sino para toda la Iglesia, y lo mismo será tu muerte. Y, aunque tus hermanos y
otros sientan tristeza y dolor por tu muerte, para ti será consuelo y gozo
infinito. Tú pasarás, de grandes trabajos, al eterno descanso; de muchos
dolores y tentaciones, a la paz perdurable; de la pobreza temporal, que amaste
siempre y practicaste perfectamente, a las verdaderas e infinitas riquezas, y
de la muerte temporal, a la vida sin fin, en donde verás cara a cara a tu Dios
y Señor, a quien en este mundo has amado y ansiado con fervoroso amor».
FRANCISCO:
“Comencemos, hermanos, a servir al Señor nuestro Dios, porque bien poco es lo
que hasta ahora hemos progresado. Yo he concluido mi tarea, que Cristo os
enseñe la vuestra”.
NARRADOR: Entonces,
el bienaventurado Francisco, aunque más decaído que de ordinario por las
molestias de la enfermedad, pareció recobrar más alegría espiritual y con gran
fervor de espíritu alabó al Señor, diciendo:
SAN FRANCISCO: «Si
es voluntad de mi Señor que muera pronto, llama a los hermanos León y Ángel
para que me canten a la hermana muerte».
NARRADOR: Tan
pronto como llegaron los dos hermanos, llenos de tristeza y dolor, cantaron
entre lágrimas el Cántico del hermano sol y de las demás
creaturas del Señor que el Santo había compuesto. Y, al llegar a la última
estrofa del Cántico, añadió estos versos de la hermana muerte,
diciendo:
SAN FRANCISCO: «Loado
seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún
hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados
aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad, pues la muerte segunda
no les hará mal».
NARRADOR: Vamos
a cantar todos ahora EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS compuesto por
san Francisco.
Música: Hermanas Clarisas
de Villarrobledo.
Omnipotente,
altísimo, bondadoso Señor,
tuyas
son la alabanza, la gloria y el honor;
tan
sólo tú eres digno de toda bendición,
y
nunca es digno el hombre de hacer de ti mención.
Loado
siempre seas por toda criatura, mi Señor,
y
en especial loado por el hermano sol,
que
alumbra, y abre el día, y es bello en su esplendor,
y
lleva por los cielos noticia de su autor.
Y
por la hermana luna, de blanca luz menor,
y
las estrellas claras, que tu poder creó,
tan
limpias, tan hermosas, tan vivas como son,
y
brillan en los cielos: ¡loado, mi Señor!
Y
por la hermana agua, preciosa en su candor,
que
es útil, casta, humilde: ¡loado, mi Señor!
Por
el hermano fuego, que alumbra al irse el sol
y
es fuerte, hermoso, alegre: ¡loado, mi Señor!
Y
por la hermana tierra, que es toda bendición,
la
hermana madre tierra, que da en toda ocasión
las
hierbas y los frutos y flores de color,
y
nos sustenta y rige: ¡loado mi Señor!
Y
por los que perdonan y aguantan por tu amor
los
males corporales y la tribulación:
¡felices
los que sufren en paz con el dolor,
porque
les llega el tiempo de la consolación!
Y
por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor!
Ningún
viviente escapa de su persecución;
¡Ay
si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos
los que cumplen la voluntad de Dios!
No
probarán la muerte de la condenación
Servidle
con ternura y humilde corazón.
Agradeced
sus dones, cantad su creación.
¡Las
criaturas todas, load a mi Señor!
NARRADOR:
Certificado el Padre santísimo, tanto por el Espíritu Santo como por dictamen
de los médicos, de la inminencia de la muerte, estando todavía en dicho palacio
del obispo de Asís y sintiéndose cada vez más abrumado y falto de fuerzas,
dispuso que lo trasladaran en una camilla a Santa María de los Ángeles, porque
anhelaba acabar su vida allí donde había empezado a experimentar la luz y la
vida del alma. Iniciamos la procesión hacia la parroquia de Santa María.
EN SANTA MARÍA
MONICIÓN:
Los textos que vamos a leer ahora están tomados de la primera biografía de san
Francisco escrita por Tomás de Celano, números 109 -110 y la Leyenda Mayor de
san Buenaventura, capítulos XIV - XV y Tres Compañeros, 69.
NARRADOR:
Había descansado ya unos pocos días en aquel lugar de Santa María de los
Ángeles, para él tan querido. Conociendo que la muerte estaba muy cercana, entonó
con la fuerza que pudo el salmo 142 que es un lamento del rey David que expresa
angustia, soledad y clamor a Dios, confiando en Él como refugio y protector en
momentos de dificultad.
SAN FRANCISCO: “A
voz en grito clamo al Señor, a voz en grito suplico al Señor, desahogo ante él
mis afanes, expongo ante Él mi angustia, mientras me va faltando el aliento. A
ti, grito, Señor, te digo, tú eres mi refugio y mi lote en el país de la vida.
Atiende a mis clamores, que estoy agotado, daré gracias a tu nombre y te
alabarán los justos”.
NARRADOR:
Entre los presentes había un hermano a quien el Santo amaba con un afecto muy
distinguido; era él muy solícito de todos los hermanos; y sabedor del próximo
desenlace de la vida del Santo, le dijo:
FRAILE 3:
«¡Padre bondadoso, mira que los hijos quedan ya sin padre y se ven privados de
la verdadera luz de sus ojos! Acuérdate de los huérfanos que abandonas y,
perdonadas todas sus culpas, alegra con tu santa bendición tanto a los
presentes cuanto a los ausentes».
SAN FRANCISCO:
«Hijo mío, Dios me llama. A mis hermanos, tanto a los ausentes como a los
presentes, les perdono todas las ofensas y culpas y, en cuanto yo puedo, los
absuelvo».
NARRADOR:
Sentados a su alrededor todos los hermanos, extendió sobre ellos las manos,
poniendo los brazos en forma de cruz por el amor que siempre profesó a esta
señal, bendijo a todos los hermanos tanto presentes como ausentes. Sintámonos
bendecidos por san Francisco en esta tarde.
SAN FRANCISCO: “El
Señor os bendiga y os guarde, haga brillar su rostro sobre vosotros y os
conceda la paz. Yo, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo y siervo, en todo
cuanto puedo, os confirmo dentro y fuera esta santísima bendición. Estad
firmes, hijos todos, en el temor de Dios y permaneced siempre en él. Y como ha
de sobrevenir la prueba y se acerca ya la tribulación, felices aquellos que
perseveraren en la obra comenzada. En cuanto a mí, yo me voy a mi Dios, a cuya
gracia os dejo encomendados a todos».
NARRADOR.
Mandó luego que le trajesen el códice de los evangelios y pidió que se le
leyera el evangelio de San Juan. SE LEE EL
EVANGELIO
Ordenó luego que le
pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco
sería tierra y ceniza. BREVE PAUSA DE REFLEXIÓN.
CANTO.
Letra y música: Sor Rosa María Riera, hermana clarisa de Salvatierra.
1.Cae
la tarde lentamente, mientras las sombras se alargan. Francisco sabe que llega
la muerte, su dulce hermana.
2.Mantiene
enhiesto el espíritu, aunque la carne está flaca. Sus miembros se tornan fríos,
mientras el alma se abrasa.
3.Todos sus hijos,
entorno, le dicen su amor con lágrimas y queda el rebaño triste porque su
pastor se marcha.
4.Francisco, que mira al
cielo, flácida y suave levanta, una mano que bendice dispensadora de gracias.
5.Que el error y la
lujuria no mancillen vuestra casa. Solo la virtud anide en los cuerpos y en las
almas.
6.Y luego voló su
espíritu, como una paloma blanca, que en el cielo ha puesto el nido, colgando
en divina rama.
7.Al Padre, al Hijo, al
Espíritu, ascienda nuestra alabanza. Gloria y honor al Dios Trino por los
siglos que no acaban. AMÉN
NARRADOR:
Estando reunidos muchos hermanos, de los que él era padre y guía, y aguardando
todos reverentes el feliz desenlace y la consumación dichosa de la vida del
Santo, se desprendió de la carne aquella alma santísima, y, sumergida en un
abismo de luz, el cuerpo se durmió en el Señor. Uno de sus hermanos y
discípulos -bien conocido por su fama y cuyo nombre opino se ha de callar,
pues, viviendo aún entre nosotros, no quiere gloriarse de tan singular gracia-
vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo.
Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol,
llevada en una blanca nubecilla.
Después de su felicísimo
tránsito, todos los hermanos que estaban presentes y muchos seglares vieron
manifiestamente su cuerpo condecorado con las llagas de Cristo. Percibían
claramente en sus manos y pies no los agujeros hechos por los clavos, sino los mismos
clavos, de color negruzco como el del hierro, formados de su propia carne y
adheridos a la misma; y el costado derecho, como traspasado por una lanza. PAUSA MIENTRAS LOS HERMANOS TOCAN Y OBSERVAN LAS LLAGAS.
La irrefutable verdad de
las llagas quedó demostrada con toda claridad en vida y muerte del Santo por
cuantos las vieron y tocaron.
Las alondras a la hora
misma del tránsito del santo varón, cuando al crepúsculo iba a seguirle ya la
noche, llegaron en una gran bandada por encima del techo de la casa y,
revoloteando largo rato con insólita manifestación de alegría, rendían un
testimonio tan jubiloso como evidente de la gloria del Santo, que tantas veces
las había solido invitar al canto de las alabanzas divinas.
Los hermanos que fueron
convocados para asistir al tránsito del Padre, a una con la gran masa de gente
que acudió, consagraron aquella noche en que falleció el santo a la recitación
de las alabanzas divinas, de tal suerte que aquello, más que exequias de
difuntos, parecía una vigilia de ángeles. TODOS
DE RODILLAS EN SILENCIO
Después, la muchedumbre
que había concurrido, tomó ramos de árboles y trasladó el sagrado cadáver a la
ciudad de Asís entre himnos, cánticos y sonar de trompetas. PAUSA DEL NARRADOR PARA QUE SUENEN LAS TROMPETAS,
al acabar continúa:
El cuerpo de san
Francisco fue conducido hacia el monasterio de San Damián, donde estaban santa
Clara y sus hijas para darle el último adiós al que había sido su fundador,
padre y guía espiritual.
CANTEMOS TODOS con
La Coral AMEV EL HIMNO DEL 8º CENTENARIO. Letra y música: Hermanas Clarisas de
Monzón.
Tras
tus huellas caminaré, de Evangelio la vida sembraré. Llevaremos la paz en
pobreza y humildad junto al don de la fraternidad.
Alabemos
de corazón al Señor de toda la creación a quien, en su pasión, tú supiste
seguir. ¡Gloria a Dios por Francisco de Asís!
1.
Alto y glorioso Dios, ilumina mi corazón,
dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta.
2.
Omnipotente, Altísimo y bondadoso Señor,
tuyas son la alabanza, la gloria y el honor.
3.
Tú eres santo, Señor Dios único, que haces
maravillas, tú eres fuerte, tú eres grande.
4.
Padre san Francisco, tú cumpliste tu
tarea. Ruega a Dios que nosotros cumplamos la nuestra.
SE
INICIA LA PROCESIÓN. TOCA LA BANDA DE MÚSICA
EN
SANTA CLARA
MONICIÓN:
Vamos a leer los textos de la Leyenda Mayor de San Buenaventura, capítulo 15,
5-6 y Tres Compañeros, nº 70 CUANDO EL OBISPO
ESTÉ COLOCADO EN LA SEDE Y HAYA ACABADO LA BANDA Y LAS TROMPETAS
NARRADOR:
Al pasar por la iglesia de san Damián, donde moraba enclaustrada, junto con
otras vírgenes, aquella noble virgen Clara, ahora gloriosa en el cielo, se
detuvieron allí un poco tiempo y les presentaron a aquellas vírgenes
consagradas el sagrado cuerpo adornado con perlas celestiales para que lo
vieran y lo besaran. Lo colocaron en la iglesia de San Damián, morada de las
mencionadas hijas, que él había conquistado para el Señor; abrieron la pequeña
ventana a través de la cual determinados días suelen las siervas de Cristo
recibir el sacramento del Cuerpo del Señor.
SE
COLOCA LA CAMILLA JUNTO A LA REJA DEL CORO BAJO DE LAS MONJAS
La señora Clara, en
verdad clara por la santidad de sus méritos, primera madre de todas las otras,
se acercó con las demás hijas a contemplar al Padre, que ya no les hablaba y
que, habiendo emprendido otras rutas, no retornaría a ellas. Al contemplarlo,
rompieron en continuos suspiros, en profundos gemidos del corazón y copiosas
lágrimas, y con voz entrecortada comenzaron a exclamar:
MADRE MARTA LIDIA:
Padre, Padre, ¿qué vamos a hacer? ¿Por qué nos dejas a nosotras, pobrecitas? ¿A
quién nos confías en tanta desolación? ¿Por qué no hiciste que, gozosas, nos
adelantáramos al lugar a dónde vas, las que quedamos ahora desconsoladas? ¿Qué
quieres que hagamos encerradas en esta cárcel, las que nunca volveremos a
recibir las visitas que solías hacernos? Contigo ha desaparecido todo nuestro
consuelo, y para nosotras, sepultadas al mundo, ya no queda solaz que se le
pueda equiparar. ¿Quién nos ayudará en tanta pobreza de méritos, no menos que
de bienes materiales? ¡Oh padre de los pobres, enamorado de la pobreza! Tú
habías experimentado innumerables tentaciones y tenías un tacto fino para
discernirlas; ¿quién nos socorrerá ahora en la tentación? Tú nos ayudaste en
las muchas tribulaciones que nos visitaron; ¿quién será el que, desconsoladas
en ellas, nos consuele? ¡Oh amarguísima separación! ¡Oh ausencia dolorosa! ¡Oh
muerte sin entrañas, que matas a miles de hijos e hijas arrebatándoles tal padre!
NARRADOR:
¡Cuánta era la pena de todos ante los afligidos y piadosos lamentos de estas
vírgenes! ¡Cuántos, sobre todo, los lamentos de sus desconsolados hijos! El
dolor de cada uno era compartido por todos. Y era casi imposible que pudiera
cesar el llanto cuando aquellos ángeles de paz tan amargamente lloraban. Vamos
a leer ahora Audite, Poverelle. “Escuchad, pobrecillas”. Es una breve
exhortación cantada que san Francisco dirigió a Clara y a las Damas Pobres de
San Damián un año antes de su muerte y la Última voluntad a Santa Clara.
FRAILE: 4: “Escuchad,
pobrecillas, por el Señor llamadas, que de muchas partes y provincias habéis
sido congregadas: vivid siempre en la verdad, que en obediencia muráis. No
miréis a la vida de fuera, porque la del espíritu es mejor. Yo os ruego con
gran amor que tengáis discreción de las limosnas que os da el Señor. Las que
están por enfermedad gravadas y las otras que por ellas están fatigadas, unas y
otras soportadlo en paz, porque muy cara venderéis esta fatiga, porque cada una
será reina en el cielo coronada con la Virgen María.”
“Yo, el hermano
Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y la pobreza del altísimo Señor
nuestro Jesucristo y de su santísima Madre, y perseverar en ella hasta el fin;
y os ruego, mis señoras, y os doy el consejo de que siempre viváis en esta
santísima vida y pobreza. Y protegeos mucho, para que de ninguna manera os
apartéis jamás de ella por la enseñanza o consejo de alguien”. SILENCIO MEDITATIVO
SE
DEPOSITA LA CAMILLA EN EL PRESBITERIO
NARRADOR:
Llegados por fin radiantes de júbilo a la ciudad, depositaron con toda
reverencia el precioso tesoro que llevaban, en la iglesia de san Jorge. Lugar
en el que de niño aprendió las primeras letras y empezó su predicación. El
venerable padre Francisco pasó del naufragio de este mundo el día 3 de octubre
del año 1226 de la encarnación del Señor, al atardecer del sábado, y fue
sepultado al día siguiente, domingo.
Como ya en todas las
partes del mundo brillaba el varón de Dios por la nueva luz de sus milagros y
eran muchos los que de todos los lugares concurrían a su sepulcro por haber
alcanzado grandes y singulares beneficios, el mencionado papa Gregorio, de acuerdo
con los cardenales y de otros muchos prelados, una vez estudiados y aprobados
los milagros que el Señor había obrado por su medio, lo inscribió en el
catálogo de los santos. Para ello se trasladó personalmente a la ciudad de
Asís, y el domingo día 16 de julio del año 1228 de la encarnación del Señor, en
medio de unos solemnísimos actos inscribió al bienaventurado Padre en el
catálogo de los santos. Y mandó que se celebrara solemnemente su fiesta en el
día 4 de octubre.
AHORA REZAMOS TODOS
JUNTOS la oración de san Francisco por la paz que
está en la primera página: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz…
OBISPO. ORACIÓN DEL 8º
CENTENARIO. San Francisco, hermano nuestro, tú que
hace ochocientos años fuiste al encuentro de la hermana muerte como un hombre
en paz, intercede por nosotros ante el Señor. Tú, que en el Crucifijo de San
Damián reconociste la verdadera paz, enséñanos a buscar en Él la fuente de toda
reconciliación que derriba todo muro. Tú, que desarmado atravesaste las líneas
de la guerra y de la incomprensión, danos el valor de construir puentes donde
el mundo levanta fronteras. En este tiempo afligido por conflictos y
divisiones, intercede para que nos convirtamos en artesanos de paz: testigos
desarmados y desarmantes de la paz que viene de Cristo.
BENDICIÓN DEL OBISPO: El
Señor os bendiga y os guarde. AMÉN. Haga brillar su rostro sobre
vosotros y os conceda su favor. AMÉN. Vuelva su mirada a vosotros y os
conceda la paz. AMÉN. Y la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y
Espíritu Santo descienda sobre vosotros. AMÉN
CANTO FINAL:
HIMNO DE LOS TERCIARIOS
FRANCISCANOS
Las
huellas del caudillo enamorado sigamos con fervor;
vamos
tras él, su voz ha resonado, tremolemos la insignia del amor.
Su
sendero es de luz, fieles Terciarios, a Francisco seguid.
Honor
y bendición al Padre amante, honor y bendición al Serafín.
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