El
movimiento descendente
Dios, el Verbo eterno de los cielos, baja a la tierra encarnándose
en el seno de la Virgen y nace como el más pobre de los hombres.
“El Niño recién nacido
es envuelto en pañales y recostado en un pesebre”.
El movimiento
ascendente
Dios baja para que el hombre suba con Él a los cielos.
Dijo Jesús: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas y yo
voy a prepararos un lugar”. (Jn. 14, 2)
En el
centro la estrella de Belén
Ella guió a los Magos de Oriente hacia Jesús y sigue guiando
a cada hombre hacia su destino eterno junto a Dios.
El árbol
Nos remite a los orígenes del género humano:
Dios colocó al hombre en el jardín del Edén. Es el jardín de
la amistad con Dios y de la armonía consigo mismo y con toda la creación. Es el
jardín de la santidad y de la justicia original, en la que el hombre
participaba de la vida de Dios.
En el jardín había dos árboles
especiales:
El árbol
de la vida, en mitad del jardín
El árbol
del conocimiento del bien y del mal
El hombre podía comer de todos los árboles del jardín, “pero
del árbol del conocimiento del bien y del mal no comas (dijo Dios al hombre);
porque el día en que comas de él, tendrás que morir”.
La interpretación del significado de los árboles del paraíso
ha fascinado a los estudiosos de la Biblia y a los pensadores de todos los
tiempos: ¿Cuál es el secreto de estos árboles? ¿Por qué uno de ellos, el árbol
del conocimiento, resulta prohibido?
El árbol
de la vida
es el árbol de la
verdad, del amor, del misterio de Dios. La sobreabundancia de la vida divina
está simbolizada en ese árbol, situado en la mitad del jardín. Dios es la vida
del hombre. Donde Dios es reconocido y adorado surgen el amor y la vida. Con
Dios el mundo se convierte en jardín, en paraíso. El hombre tenía acceso a ese
“árbol de la vida”, podía comer de su fruto, podía alimentarse de la gracia que
brota de la intimidad de Dios.
El árbol
del conocimiento del bien y del mal, cuyo fruto el hombre no podía comer sin
morir.
El árbol del conocimiento es un límite. Si el hombre quiere
vivir en el jardín de Dios, ha de aceptar su condición de hombre. El hombre no
es Dios, no es el Creador, sino una criatura amada por sí misma, ensalzada
sobre las demás criaturas. El hombre es puesto en el jardín como lugarteniente
de Dios para guardarlo y cultivarlo. Si el hombre acepta que sólo Dios es Dios,
tendrá la vida en plenitud. Si el hombre quiere ser dios en lugar de Dios
encontrará la muerte. Esa es la consecuencia de comer del fruto prohibido:
yendo más allá del límite de su propio ser, el hombre no encuentra la dicha,
sino la muerte.
El árbol
de la cruz
En él fue crucificado nuestro Señor para redimirnos de
nuestros pecados.
El color
rojo sangre
Nos habla de la encarnación del Verbo que con su muerte en la
cruz redime al hombre de su pecado.
El color
blanco
Cuando vemos este color debemos acordarnos de la pureza de nuestra alma después de recibir el sacramento del bautismo.
Cuando vemos este color debemos acordarnos de la pureza de nuestra alma después de recibir el sacramento del bautismo.
Si la hemos perdido por el pecado podemos recuperarla con el
sacramento de la reconciliación acudiendo a un sacerdote que nos perdone
nuestros pecados en el nombre de Jesucristo.
Con nuestra alma limpia sí podremos celebrar una feliz Navidad.
Con nuestros mejores de
Paz y Bien de todos nuestros seguidores de nuestro blog.